Tiempo Oviedo

Teatro Campoamor


El Oviedo que vio nacer el Campoamor discurría en el interior de la muralla medieval y en el ensanche comercial barroco de El Fontán. Los ovetenses se reunían en la Catedral y en el cercano casino, situado en el palacio de Valdecarzana, paseaban por la calle Cimadevilla, la vía comercial por excelencia, estudiaban en la Universidad y asistían a los espectáculos que se ofrecían en el Corral de comedias de El Fontán que, construido a finales del siglo XVII y aunque remodelado a mediados del siglo XIX, se había convertido en un “destartalado y frío teatro” como lo describía D. Fermín Canella. La modernidad llega a la ciudad. El Ayuntamiento es el promotor de nuevos espacios como la apertura de las calles Fruela y Uría para enlazar la ciudad con la estación de ferrocarril del Noroeste. Serán las elegidas por la nueva y emprendedora burguesía para situar sus lujosas viviendas, palacetes y negocios. Por estas nuevas vías circulaban diligencias y tranvías urbanos de tracción animal para viajeros y viajantes.



La calle Uría a principios del siglo XX. Fotografía obtenida de Manuel F. Avello,
En busca del Oviedo perdido. Clarín publica La Regenta. El ferrocarril, y el teléfono llegan a Oviedo, la luz eléctrica sustituye al viejo alumbrado de gas y se crea el depósito de aguas del Fresno. La vida comercial se fomenta con la iniciativa pública: se construyen los mercados de Trascorrales, del 19 de Octubre y de El Progreso. Se crean numerosas escuelas, mataderos y macelos. La música y la ópera formaban parte muy importante del ocio de los ovetenses. Debido al deterioro de El Fontán, las funciones operísticas se celebraban también en el teatro-circo de Santa Susana. Comenzaron a alzarse las primeras voces demandando un nuevo teatro como los que estaban construyéndose en muchas ciudades españolas, y a los que los ovetenses miraban con admiración. Eran modernos teatros a la italiana o coliseos, ideados por y para la burguesía, cómodos y seguros, con amplio aforo y salones de recreo. El modelo a seguir por los teatros españoles levantados a finales del siglo XIX sería el madrileño Teatro de la Comedia, el más moderno del momento, diseñado por Agustín Ortiz de Villajos e inaugurado en 1875.


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